Dentro del proceso de observación, es indispensable destacar que escogimos un lugar apropiado y consecuente con lo que pedía el ejercicio. En primera instancia, de todas las síntesis finales que dejaron cada jornada, la cantidad de signos, símbolos, ritos y prácticas comunicativas en general, resaltaron la abundancia del lenguaje que yace de un espacio pequeño (como lo es el Pasaje Rivas) en comparación con una ciudad como Bogotá.
Los modos de iniciar una conversación entre trabajadores o entre el cliente y los trabajadores, los temas para charlar que trascienden desde una mercancía nueva que llega o sobre algún cliente recurrente que casualmente ya no vuelve y la variedad tanto en la forma de ser como de expresarse, alimentó en gran cantidad este proyecto que además, se va con varios vacíos por las interacciones que, por falta de tiempo, no alcanzaron a ser tangibles ante nuestra observación.
La cotidianidad de los actores sociales, de su entorno, de su microlenguaje, permite a la luz de la lectura de sus actitudes y modos de estar, que en este lugar se dispersan lenguajes propios de las costumbres colombianas y bogotanas en general. Pero, indiscutiblemente hay que resaltar que en este lugar se crean nuevas formas de ver el mundo a través de expresiones propias de ellos, en el ejercicio de vivir y existir en un espacio el cual lleva historia y al adentrarse a él, se aleja del bullicio de las avenidas para sentir el calor de la industria cultural la cual venden y exponen en sus locales todos los días.






